Orlando era su nombre, un coleccionista aficionado de restos fósiles. Su afición lo llevará a pactar con el mismísimo diablo.
Orlando observaba detenidamente cada adquisición. Cada pieza le abría mundos, completos mundos, un viaje al pasado, cada pieza era una carta de amor enviada desde el paleolítico, las más hermosas cartas cuyas sedimentadas líneas lo invitaban a tomar placer del tiempo, a imaginar la roca antes de alguna diagénesis, a imaginarla desnuda y a imaginar cómo los miles de años la vistieron. Cada resto era para él una suerte de lente, puente imperfecto entre su presente protagonizado por la imaginación y un pasado global.
Y así pasaba su tiempo, sosteniendo el pasado en su presente, la muerte, la resequedad, el olvido sostenidos por sus manos vivas, húmedas, sanguíneas.
Sí, alguna vez quiso llevar más allá su afición y estudiar la carrera de paleontología en alguna universidad prestigiosa, pero no, no le alcanzó ni el dinero ni el cerebro. Es así que sin tener mayores conocimientos sobre la disciplina se valía de la imaginación para sacar sus propias conclusiones.
Orlando era un tipo solitario, vivía con y para sus restos, pero tenía ya muchos amores muertos y ninguno vivo. Jamás en ello había pensado. Entonces comenzó su angustia.
Con los años ya no veía placer en sus rocas, sino decadencia. Sentía que si no encontraba pronto a una mujer que le correspondiera se petrificaría solo y sin amor. Fue así como cambió su interés por conocer del pasado, por conocer del infierno. Así como los fósiles eran el puente que unía el pasado con el presente, necesitada encontrar un puente que uniera el mundo con los infiernos, y con su virrey, el mismísimo Satanás, para llegar a un acuerdo.
No se le hizo difícil encontrar a quien lo asesorara en el pacto fáustico, tampoco encontrar el puente, no era más que un grabado en el suelo de su casa con una simbología extraña, su nuevo amigo ofreció hacerlo, por paga Orlando le ofreció al satánico restos fósiles, y éste aceptó.
Dentro del pentagrama que el satánico había dibujado en el suelo, Orlando se encontró frente a frente con el todopoderoso mandinga. Compartieron una copa de vino y comenzaron a negociar:
- Dime, eh, ¿cuál es tu nombre?
-Orlando, su majestad.
-Dime, Orlando, ¿por qué me has llamado?
- Quiero ofrecerte mi alma, para que la devores o te la lleves a la eternidad del fuego.
-¿Y qué quieres a cambio?, déjame adivinar… una mujer… ¿cuál es su nombre?
- Aún no lo sé, quiero saberlo…
-Ah, entiendo, “Orlando era un tipo solitario, vivía con y para sus restos, pero tenía ya muchos amores muertos y ninguno vivo” . Puedo darte una mujer, hermosa, inteligente y con intereses afines a los tuyos, pero hay un problema. No quiero devorar tu alma porque la soledad la volvió amarga y repugnante, y no quiero comprarla para llevármela al infierno, pues, ya está condenada, no me es conveniente. ¿Qué me puedes ofrecer a cambio?
- Fósiles, los tengo de todo tipo, la más grande colección de fósiles, los más claros susurros del pasado.
- ¡Basura!, no los quiero. ¡Ya sé!... quiero tu risa.
- De acuerdo. Te vendo mi risa…
- ¡Hecho!, firma aquí Orlando, y escupe en el espacio indicado.
Y así fue como Orlando vendió su risa al demonio.
Días después recibió una carta de la revista Fósil, a la cual estaba suscrito, firmada por el Consejo de Monumentos Nacionales, por el vicepresidente del Colegio de Geólogos de Chile y por el director del Museo Nacional de Historia Natural, Sr. Claudio Gómez, informándole que había sido elegido junto a cinco personas más a visitar una excavación en el lago Chungará de la región de Arica y Parinacota, y a ser partícipe de la maravillosa experiencia de la arqueología.
A pesar de tratarse de tumbas aymara con un valor antropológico, algo alejado de los intereses de Orlando, al verse con todo pagado, no se rehusó y asistió.
Fue en ese viaje donde conoció a Claudia, bella mujer, también ganadora del concurso de la revista Fósil y por lo tanto también interesada en los muertos. Hablaron, tomaron pisco, se conocieron y pasaron la noche juntos en el hotel continuo al restaurante Bavaria. Amaron sus cuerpos y los de los muertos, amaron sus presentes y sus pasados, amaron sus fluidos y la arena del desierto, la humedad de sus pieles y la resequedad de las momias aymara. Pero Orlando no reía jamás.
Volvieron a Santiago juntos, Orlando estaba enamorado, pero no podía sonreír.
Un día, fueron de paseo al litoral central, y cuando estaban tirados en la arena clara del Quisco, Claudia le preguntó a Orlando: -¿Por qué nunca ríes?
- No es asunto tuyo- Le contestó Orlando.
- Sí lo es, no quiero estar con un seriote que no se ríe con las tallas que le tiro, no quiero hacer el amor con un muerto, así que me cuentas o esta relación se termina aquí.
- No me lo creerías – le contestó resignado.
- Pruébame…
- Vendí mi risa al diablo para conseguirte a ti.
Orlando no lo sabía, ni idea tenía, lo supo cuando una noche que dormía con Claudia se le apareció el diablo a los pies de su cama, “Los pactos son secretos, ¡secretos!”, le dijo. Desde aquella noche Orlando se vio culeando con una momia aymara, contando sus noches, esperando aquel susurro frío, a aquella doña muerte que su alma de las mechas se llevaría al infierno, para encontrarla con un Satanás que de la risa se caga, que con un dedo apunta su alma condenada al fuego eterno, mientras su cuerpo acariciado por los años se agusana, se pudre y se dispone a complejos fenómenos químicos, que Orlando en vida jamás entendió, que vestirán sus huesos desnudos con el polvo de los siglos, detrás de una diagénesis melodiosa, romanticona que convertirá su cadáver en fósil.